Son las 9 de la mañana y el sol inunda la casa de Karime Harcha. No es común en Valdivia, donde las casas suelen ser más oscuras. Pero aquí, la luz entra sin resistencia, reflejándose en los frascos de su despensa. Deben ser más de cien conservas, resultado de técnicas ancestrales y pequeños experimentos que desafían el tiempo. Hay rosas deshidratadas de su jardín, cazuela de pollo, changles en conserva, botellas con líquidos en proceso de fermentación. “Cierra los ojos”, dice de pronto Karime, y pone algo dulce en la palma de la mano. Son digüeñes confitados.